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Frente a la enfermedad del olvido

No se conocían Aitor Guridi, oñatiarra de 59 años, y María Loyola, pamplonesa de 65. Jamás habían trabado contacto pero comparten una preocupación. "Tengo una teoría", suelta la mujer ante la atenta mirada de su compañero. "Esta sociedad olvida a las personas mayores, y al final son estas personas las que acaban por olvidarse de sí mismas", sentencia esta periodista y trabajadora social. Guridi parece asentir. Los dos comparten su preocupación por esa dolencia del olvido llamada alzhéimer, de la que se detectan cada año en el territorio 250 nuevos casos, y afecta ya a 8.000 familias guipuzcoanas.

"Fue un cisma cuidar de ellos, te llega a destrozar una familia". El oñatiarra, afincado en Donostia, relata algunos casos cercanos que ha conocido, en los que la calidad de vida de los pacientes y de sus seres queridos acabó hecha trizas. Admite Guridi que ha empezado a notar "lagunas recientes", aunque no sabe muy bien a qué se debe. "Me ha gustado una frase que he leído hoy, esa que dice que el alzhéimer no llega cuando no sabes dónde están las llaves, sino cuando no sabes para qué sirven". Guridi y Loyola conocen perfectamente la utilidad de las llaves, aunque puedan perderlas de cuando en cuando.

Es su interés por dar con un diagnóstico precoz del alzhéimer el que les ha impulsado a participar en un estudio pionero que ha logrado reunir a cerca de 500 voluntarios. El proyecto CITA-Alzhéimer de Donostia, del que forman parte, se ha propuesto conocer de la manera más detallada posible cuándo se producen los síntomas, el momento en el que comienzan las primeras neuronas a morirse. Guridi confiesa que el alzhéimer no le asusta. "No es por mí, porque cuando te afecta, salvo en los momentos de lucidez, no te enteras. Lo que quiero es evitar ser una carga para nadie". Con ese afán entró a formar parte de una muestra que incluye a personas del tramo de edad entre 50 y 65 años, divididos casi al 50% entre los que cuentan con riesgo de sufrir la dolencia (antecedentes genéticos y pérdida de memoria), e individuos sanos. Guridi fue seleccionado hace un año, aunque ha comenzado a someterse a las pruebas hace tan solo unas semanas: test, extracciones de sangre, ejercicios en los que debe cambiar continuamente de pensamiento, resonancias magnéticas... "Son muy exhaustivos".

El proyecto contempla el seguimiento de los voluntarios durante los próximos años para comprobar el estado de su rendimiento cognitivo y los cambios que se vayan experimentando. "La punción lumbar es optativa, pero le he dicho a la doctora que adelante. Uno siempre tiene el temor a que te dejen algo dañado, pero creo que es interesante contar con el mayor número de pruebas para hacer el diagnóstico. Aunque parece que vamos un poco como conejillos de indias, gracias a estas pruebas, los doctores van a contar con información suficiente para ralentizar nuestra enfermedad en el caso de que surja", detalla el oñatiarra.

María, que conoce bien las secuelas de la enfermedad por su profesión como trabajadora social, dice que tampoco se niega a que le realicen la punción lumbar, a la que han accedido el 60% de los participantes. "Quiero hacer la prueba completa para conocer el motivo de la enfermedad", explica.

Y una vez expuestos sus motivos para participar en el proyecto, los dos voluntarios se entregan a una charla en la que reflexionan sobre el progresivo envejecimiento poblacional y los ojos con los que la sociedad mira a los mayores. "Eso está ahí, pero me niego en redondo a que me llamen viejo. Soy una persona mayor en el otoño de la vida", zanja Guridi.

Reconocen ambos que la principal fuente de salud "es la cabeza", y por eso tratan de ejercitarla haciendo crucigramas, sudokus y cuantos ejercicios sean precisos para mantener engrasada la mente. "Yo me he aficionado al haiku japonés (poemas breves), que te exige mucha atención y permite que trabajes la mente", explica la pamplonesa. Pese a todo, sabe que esta enfermedad "puede llegar a ser una lotería".

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